Toda mi vida me he sentido desarraigado.
Nací en Sevilla, pero a los tres años me mudé a Gran Canaria con mi familia. Pero las mudanzas no acabaron ahí: antes de cumplir los diez años, ya había vivido en otras tres casas distintas, elevando la cifra a un total de cinco. Después vino la separación de mis padres: otra mudanza, ahora a Las Palmas en un piso alquilado. Y un año después, nueva mudanza, esta vez a una casa comprada, con la promesa de que allí nos quedaríamos. Era la séptima. Siete hogares en apenas doce años.
Pero yo crecí sin echar raíces en un sitio. Nunca pude llamar hogar a ninguno de los sitios en los que viví, exceptuando quizás el último. Pasaba demasiado poco tiempo en ellos como para aferrarme a sus paredes, y a ellos se añadía que en vacaciones volvía a Sevilla, a recordar lo que tuve y perdí, lo que ya no volvería a tener.
Mi adolescencia fue más o menos estable, pues hasta los dieciocho viví en la misma casa. Sin embargo, ya me había dado cuenta de algo: este no es mi sitio. Esta isla no es mi hogar. Tenía que salir de aquí, y cuanto antes, mejor.
No hice demasiadas amistades durante esos años: sabía que lo inevitable llegaría tarde o temprano. Sabía que me acabaría marchando. Hice amigos que pensaba que durarían, pero la gran mayoría me fueron decepcionando con el paso del tiempo. Hace unas semanas me llevé una gran decepción con uno de ellos, quizá una de las mayores decepciones de mi vida. Sin embargo, no tardé en darme cuenta de que me daba igual. Realmente ya no conocía a aquel que había considerado mi mejor amigo. Tenía tantas máscaras que no lo reconocía, y había tratado tan mal nuestra amistad que ésta pendía de un hilo. Al decirme que se planteaba si quería seguir siendo amigo mío, yo tomé una decisión: ya no quería seguir siendo amigo suyo. No hasta que se quitara sus máscaras.
Pero me estoy adelantando. Cumplidos los dieciocho, recién empezada la universidad, tocó mudarse de nuevo. Esta vez parecía la definitiva, al menos para mi familia. Y, lo confieso: a esta casa sí que puedo llamarla hogar, al menos, eso creo. Lástima que me haya durado tan poco.
Siempre quise salir de aquí. Lo curioso es que en la universidad, cuando debería empezar a volar, fue cuando comencé a echar raíces. Cuando comencé a conocer gente que realmente valía la pena, gente que de verdad me dolería abandonar. Pude haberme ido de Erasmus, pero no lo hice. Esa gente tampoco tenía su sitio aquí, por lo que los echaría de menos cuando se fueran, y quería aprovechar el tiempo que me quedara con ellos y con mi familia. Por tanto, las raíces que apenas habían comenzado a nacer fueron profundizando en contra de mi voluntad.
Pero no todo fue echar raíces. Yo seguía queriendo irme. Quizás por eso fue por lo que acepté iniciar una relación con alguien a quien realmente no quería todavía: en cierto modo, suponía un billete de ida de aquí. Esa relación se volvió malsana y quizás tardó demasiado en acabar, pero al menos aprendí muchas cosas. La más importante: después de que acabara, yo ya sabía que un año después no seguiría aquí.
Sin embargo, sucedió algo que yo no quería, algo que podría considerarse fríamente como un error en mi plan: me enamoré. Y, esta vez, contra todo pronóstico, fue de alguien de aquí. Volví a echar raíces. Mi plan se tambaleaba: ya no veía tan claro el irme de aquí. Pero el error resultó haber sido el mayor de los aciertos, tan afortunado como inevitable, pues él también quería irse. Mi plan, lejos de tambalearse, se había fortalecido, pues ya no saldría de aquí solo, sino con la persona a la que que quiero. Y eso es lo mejor que me podía haber pasado.
Ahora, ha llegado el momento de salir. Dejo muchas cosas atrás, y, en contra de mi voluntad, algunas raíces que no esperaba ver nacer. Pero sé que es la decisión correcta. Y, esta vez, puedo salir sin miedo. Ya estoy listo para echar raíces por primera vez en mi vida.






